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Historia de dos ciudades

Memo para:Clientes Aconcagua Capitals
De:Ezequiel Jauregui
Fecha:Julio 2026
Título:Historia de dos ciudades

Cuando una empresa sale a la venta, el precio no lo define la calidad del negocio. Lo define cuánto de esa calidad el comprador puede verificar. Esa distinción, que parece menor, es la que separa dos procesos que empiezan igual y terminan muy distinto.

Para explicarla prefiero contar una historia.

Belleville

Hace un tiempo, en un lugar no muy lejano de donde vivimos, existían dos ciudades vecinas. Compartían tamaño, clima y distancia a la capital, pero cualquiera que las recorriera notaba enseguida que eran dos mundos.

La primera se llamaba Belleville. Tenía un municipio ordenado. El intendente cambiaba con regularidad y las cuentas eran públicas, así que cualquier vecino podía enterarse de en qué se gastaba y opinar en consecuencia. A lo largo del año se celebraban eventos donde la gestión quedaba expuesta al escrutinio de la gente: no era una formalidad, era el mecanismo por el cual la comunidad medía si las cosas se estaban haciendo bien.

La policía local funcionaba. Los índices de robo eran bajos, y eso se notaba en algo muy concreto: vecinos de otros municipios querían mudarse ahí.

Con los años aparecieron plazas, paseos comerciales, restaurantes. Las calles estaban limpias y el camión de la basura pasaba todos los días a la misma hora. Ese detalle importa más de lo que parece. El vecino de Belleville no necesitaba confiar en que sus impuestos se administraban bien: lo veía pasar por la puerta de su casa cada mañana.

El resultado se leía en las inmobiliarias. Había lista de espera para alquilar. Las propiedades no eran baratas y aun así se vendían rápido, porque cuando aparecía una casa buena había tres interesados atrás.

Oldtown

En Oldtown las cosas se veían distintas.

Conviene decir algo primero, porque es donde casi todo el mundo se equivoca al leer esta historia. El municipio de Oldtown estaba manejado por dos hermanos desde hacía veinte años, con primos y tíos ocupando cargos en distintas áreas. Ese no era el problema. Hay municipios familiares excelentes, y hay familias que gestionan mejor que cualquier equipo profesional importado. El problema de Oldtown era otro, más difícil de ver y mucho más caro.

En Oldtown nadie sabía con precisión quién decidía qué. Los dos hermanos firmaban por separado y a veces en sentidos opuestos. No había un criterio escrito para incorporar gente ni para promoverla, así que cada nombramiento parecía —fuera cierto o no— un favor. Y sobre todo: era imposible distinguir dónde terminaba el patrimonio del municipio y dónde empezaba el de la familia. El galpón municipal estaba a nombre de un hermano. La camioneta de obras la usaba el otro los fines de semana. Nada de eso era necesariamente irregular. Simplemente, nadie de afuera podía comprobarlo.

Lo demás vino solo. Las calles se deterioraron porque el mantenimiento dependía de decisiones que nadie terminaba de tomar. Los vecinos hablaban de robos, pero pocos iban a la comisaría, porque el comisario llevaba demasiados años en el cargo y nadie quería quedar en la mira. Del hospital y del transporte se hablaba mal. Las zonas de esparcimiento se volvieron cada vez más deficientes.

En la zona comercial se acumulaban los carteles de venta y alquiler. Y quedaba una sola inmobiliaria, con una cartera amplia, a precios razonables, a la que casi nadie se acercaba a consultar.

El detalle que cambia todo

En Oldtown había mucha oferta y precios bajos, y aun así no había operaciones. Eso no es un problema de precio. Es un problema de liquidez.

Un comprador que llega a Oldtown no puede distinguir la casa buena de la casa con problemas. No es que suponga lo peor: es que no tiene manera de saberlo, y como no puede saberlo, o descuenta todo o directamente no compra. En Belleville pasaba exactamente lo contrario. La lista de espera no era una consecuencia de que las casas fueran lindas. Era el mecanismo que empujaba el precio hacia arriba, porque cada vendedor negociaba con más de un interesado enfrente.

Cuando una empresa se vende, funciona igual. La diferencia entre las dos ciudades no está en la calidad del activo. Está en la posición de negociación del que vende.

Traducción

Toda empresa está en algún punto entre Belleville y Oldtown. En esa analogía, el intendente es el socio gerente, los impuestos son el flujo de caja, y las casas son las acciones que en algún momento van a cambiar de manos.

Para una pyme familiar, la traducción se ordena en tres frentes.

1. La primera negociación no es con el comprador. Es entre los socios.

Rara vez dos socios quieren lo mismo al mismo tiempo. Uno está cansado y quiere cobrar; el otro tiene cuarenta y cinco años y quiere seguir cinco años más. Uno viene todos los días a la empresa, el otro cobra dividendos desde hace una década y opina desde afuera. Uno quiere todo en efectivo, el otro aceptaría cobrar en cuotas si eso mejora el precio.

Un comprador con experiencia detecta esa diferencia en dos reuniones. Y cuando la detecta, hace una de dos cosas: se retira, o ajusta el precio por riesgo de ejecución. La mayoría de los procesos que fracasan no fracasan por el precio. Fracasan porque del lado vendedor nunca hubo una sola voz.

2. La caja compartida hay que poder explicarla.

En la empresa familiar es habitual que la empresa y la familia compartan gastos. El auto, la cobertura médica, el sueldo del familiar que no trabaja ahí, el alquiler del galpón que es de los socios. Nada de eso está mal: es la forma normal de operar de miles de compañías que funcionan perfectamente.

Pero en una venta, cada una de esas partidas hay que poder identificarla, justificarla y normalizarla. Lo que se puede documentar sube el EBITDA ajustado y el comprador lo paga. Lo que no se puede documentar se lo queda él. Y esto no se arregla el mes anterior a salir al mercado: hacen falta dos o tres ejercicios razonablemente ordenados para que el número resulte creíble.

3. Lo que no se puede verificar no se cobra al contado.

Cuando un comprador no puede comprobar algo —la continuidad de un cliente clave, la rentabilidad real de una línea, la solidez de un acuerdo de palabra con un proveedor— no lo descuenta sin más. Lo saca del precio inicial y lo mete en un earn-out: se cobra después, si se cumple. Y para entonces, el que administra la empresa y define si eso se cumplió ya no es el vendedor.

A eso se suma un cuarto punto que es puro sentido común: una empresa que no funciona sin sus dueños no vale menos, vale menos y tarda más en venderse, porque hay menos compradores dispuestos a comprarla.

Oldtown también se vende

Convendría no terminar con una moraleja falsa. Oldtown no es invendible.

Hay compradores que buscan exactamente eso: fondos de turnaround, compradores estratégicos que ya tienen el sistema de gestión que a la empresa le falta y solo quieren la cartera de clientes, competidores que compran para absorber. Existen y pagan.

Pero pagan otro múltiplo, con más pago diferido, más garantías, más condiciones de permanencia, y con el vendedor sentado del lado incómodo de la mesa. Esa es la verdadera diferencia entre las dos ciudades. No es vender o no vender. Es en qué condiciones.

Y hay una ventaja que casi nunca se aprovecha: a diferencia del comprador, que mira una foto, los socios miran una película. Belleville no se construyó el año que salió a la venta. Se construyó antes. La ventana para dejar de ser Oldtown se cierra justo cuando el proceso empieza.

Por eso la pregunta útil no es en qué ciudad está mi empresa.